EL VERDUGO POST

Tras las huellas del relato policial en la literatura. Una aproximación a las características del género

Por Cappiello, E.

La novela policial es un azar intencionado y dañoso reducido a teorema por el juego irónico de una

inteligencia”

 Laín Entralgo

 

Inicios del género en Europa y Estados Unidos

 Ubicar el comienzo de un género literario no es una tarea sencilla. Uno de los primeros teóricos en describir las características de la literatura policial fue Tzvetan Todorov en su libro Poética de la prosa del año 1971. Allí, toma como punto de partida el policial clásico, cuyo apogeo ocurre entre las dos guerras mundiales.

Tzvetan Todorov en una conferencia en Estrasburgo, Francia, en el 2011

El relato policial clásico o de enigma tiene una fecha y nombre fundacional preciso: el género se constituye en 1841 con Edgar Allan Poe, poeta y narrador norteamericano, quien escribe ese mismo año “Los crímenes de la Calle Morgue”. Este relato y otros dos del mismo autor, “El misterio de María Roget” y “La carta robada”, sientan las bases para la constitución del género.

El policial clásico es un relato que tiene como eje central la figura de un detective y la resolución de un enigma. En esta primera variante del género, el delito es tratado como un problema matemático en donde las motivaciones sociales y psicológicas no tienen mayor importancia.

La estructura del relato puede reducirse a tres cuestiones principales: a partir de la ejecución de un delito, se plantea un enigma, se procede a la investigación y por último, se realiza el descubrimiento del culpable.

Ilustración de “La carta robada” de E.A. Poe. Aparece C. Auguste Dupin el detective de ficción creado por el autor.

Para la resolución del enigma, el relato policial clásico recurre a ciertos tópicos que se reiteran, en general, a lo largo de su historia y que pueden resumirse en dos principios: los indicios superficiales suelen ser los más importantes, por un lado; y por otro, los sospechosos son los que resultan inocentes y los inocentes, culpables.

En Poética de la prosa, Tzvetan Todorov se refiere a otra característica del género que resulta fundamental para la construcción de su entramado narrativo: la dualidad. El policial clásico suele presentar la construcción de dos historias dentro de un mismo relato. Por un lado, se presenta la historia del crimen, por otro, la historia de la pesquisa.

Estos aspectos, sostiene Todorov, se encuentran en toda obra literaria. El primero, pertenece a la realidad evocada y a los acontecimientos, donde el tiempo sigue un orden natural. El segundo corresponde al relato, que puede ser alterado por obra del narrador, y a los procedimientos literarios que utiliza el autor.

Otra de las características principales de la novela de enigma es la figura del detective. Este se construye como un personaje que ha desarrollado al máximo la inteligencia deductiva y manifiesta una superioridad psíquica a la del resto de los personajes.

Clásica imagen del detective con su objeto predilecto para investigar; una lupa.

En general, los detectives del policial clásico suelen ser personas cultas poseedoras de una gran fortuna que les permite dedicarse a la investigación por placer. No pertenecen a la institución policial y tampoco cobran dinero por su trabajo, que es puramente de aficionados y que, en la mayoría de los casos, representa un desafío a su propia inteligencia.

El detective del relato policial clásico suele estar acompañado por un ayudante. Este colaborador y compañero de aventuras, puede ser visto como un desdoblamiento del investigador, puesto que al igual que él, posee una refinada cultura y ciertas cualidades intelectuales.

Sin embargo, los ayudantes tienen en el texto una función narrativa muy importante, ya que, son quienes narran el relato a través de la recolección y transcripción de historias que el detective les cuenta en el interior de la narración, entre ellas, la historia criminal y los pormenores que lo llevaron a develar el misterio.

Hacia la década del ´30, Ernest Hemingway publica el cuento “los asesinos” e inaugura, sin saberlo, una nueva variante del relato policial en Estados Unidos: el policial negro. El género encuentra, tiempo más tarde, su apogeo con los relatos de Dashiell Hammet y Raymond Chandler.

Al y Max los asesinos de Ernest Hemingway.

En aquellos años, con la caída de la bolsa, la crisis económica se vuelve profunda en la sociedad estadounidense y trae como consecuencia la creación de mafias y una creciente corrupción institucional que llama la atención de los escritores. En este sentido, el policial negro se constituye como un relato que tiene como eje central la denuncia política y social. No busca la resolución de un enigma, sino reflejar las problemáticas sociales de una época.

Todorov explica que, a diferencia de la variante anterior, la dualidad entre la historia del crimen y la de la pesquisa puede no presentarse como tal. En todo caso, lo que ocurre en el policial negro es una fusión donde la historia del crimen y la historia de la pesquisa se narran en simultáneo. Esto sucede debido a que estos relatos no narran crímenes pasados, sino que se construyen a través de la acción de sus personajes. Ya no se trata de adivinar una historia, ya no hay misterio como en la novela de enigma. El interés del lector se centra en la espera de lo que va a suceder, es decir, en acompañar la investigación que produce pruebas y desencadena, a menudo, nuevos crímenes.

En la novela negra todo es posible y los detectives, a diferencia de los clásicos, corren peligro y arriesgan su vida con tal de llegar a la verdad.

El detective del policial negro muestra un lado más humano. Es un profesional que pertenece, en muchos casos, a la institución policial y cobra un sueldo por realizar su trabajo. Estos personajes basan su labor en la experiencia, en su percepción y conocimiento sobre el entorno. Se adentran en lugares sórdidos y sombríos, sufren de vicios y comparten los mismos códigos que los criminales que persiguen. Sin embargo, a diferencia de ellos, se muestran incorruptibles en su lucha contra el mal.

El ambiente, al igual que en la novela de enigma, adquiere gran importancia. En este caso, las costumbres y los personajes son propios del lugar donde acontecen los hechos. Allí, la violencia se desarrolla en todas sus formas, los crímenes son brutales y sus autores carecen de toda moral.

El caso argentino

La narrativa policial argentina se caracteriza por un ajuste más o menos estricto a las leyes del género, aunque con características propias.

El auge de la novela policial se registra en nuestro país en la década del ´40 y gran parte de los años ´50. Si bien, en años anteriores se conoce acerca de una producción local, el género cobra mayor difusión gracias a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Ambos fundan la colección “El Séptimo Círculo” editada por Emecé y presentan a través de ella una serie de títulos y autores, en su mayoría extranjeros, que marcan con precisión su preferencia por los policiales clásicos. Este hito fundacional también se encuentra acompañado por la propia producción de estos dos escritores que, en 1942, publican bajo el seudónimo de H.Bustos Domecq, Seis problemas para don Isidro Parodi.

“Seis problemas para Isidro Parodi” (1942). Es el primero de tres libros que narra los misterios resueltos por un hombre injustamente encarcelado.

La figura del comisario: ausencia del detective

 Los escritores argentinos se encontraron con la problemática de adaptar el detective inglés a una figura social equiparable en nuestro país. Las condiciones sociales y económicas no eran las propicias para incorporar en la narrativa argentina un detective privado que, como los ingleses, poseedores de una considerable fortuna, se dedicara a la investigación del crimen por mero placer.

Del mismo modo, la narrativa inglesa había desdeñado y menospreciado la paciente y rutinaria actividad del funcionario oficial. En consecuencia, nuestros autores, influidos quizás por los escritores franceses, incorporaron a nuestra narrativa policial la figura de un comisario con claras connotaciones nacionales, pero conservando algunas características de la tradición inglesa clásica y del policial negro.

Estos comisarios son personajes que poseen un profundo conocimiento del alma humana y una enorme experiencia tras su paso por distintas comisarías del país. No son hombres cultos como los detectives ingleses, su saber proviene de la práctica y del contacto con la realidad. Son muy intuitivos y para resolver misterios o descubrir asesinos se respaldan en su sagacidad y en el sentido común.

Algunos de los comisarios de nuestra narrativa que presentan estas características son: el comisario “Laborde” de Manuel Peyrou, “Leoni” de Pérez Zelaschi, “Laurenzi” de Rodolfo Walsh y “Don Frutos Gómez” de Ayala Gauna.

El comisario Laurenzi de Rodolfo Walsh del cuento “En defensa propia”.

El bar

El bar es el lugar de encuentro por excelencia y es el ámbito elegido por los escritores argentinos para ubicar sus narraciones. Allí, los comisarios se encuentran con sus conocidos, evocan y relatan a un interlocutor (puede ser un periodista o escritor) sus aventuras con la justicia. El bar tiene una connotación sentimental que se funda en la tradición nacional: es aquel lugar en dónde solo se reúnen los hombres, el espacio predilecto para el juego y la narración de viejas historias.

La ciudad o el pueblo

La narrativa policial argentina utiliza como contexto lugares con características reconocibles. En general suelen nombrarse ciudades, calles, esquinas que no son ficticias. Y de alguna manera, esta característica particular permite que el lector genere un vínculo con el texto.

La parodia

La parodia es un recurso que se utiliza para imitar de forma burlesca o cómica un texto literario. Y es uno de los rasgos característicos de la literatura policial argentina. Nuestros escritores apelan al recurso paródico con la finalidad del humor y como una forma de respuesta a un género tan codificado como lo es el policial.

La parodia recurre a dos procedimientos principales: la hipérbole y la inversión. El primero consiste en agrandar exageradamente la verdad, el segundo suele invertir roles, a veces, con el fin de generar comicidad.

La parodia en dos cuentos de Jorge Luis Borges : “Las noches de Goliadkin” y “La muerte y la brújula”

“Las noches de Goliadkin” fue publicado en 1942 y junto con “Las doce figuras del mundo” dio inicio a lo que después sería Seis problemas para don Isidro Parodi, el primer libro de cuentos policiales argentinos. Sus creadores, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dieron origen no solo a la narrativa policial argentina, sino también a una de sus variantes: la parodia.

En Seis problemas para don Isidro Parodi es posible ver cómo funciona el procedimiento de inversión. Desde el inicio, nos encontramos con que la “fuerza del bien”, el detective, se encuentra encarcelado por un crimen que no cometió y desde el encierro, resuelve los enigmas que trae cada uno de sus visitantes: en los seis cuentos, los personajes afectados por delitos acuden a su celda para solicitar ayuda.

En “Las noches de Goliadkin” Gervasio Montenegro recurre al detective para poder demostrar su inocencia después de haber sido acusado de robo y asesinato. Parodi, que había leído acerca del caso en las notas periodísticas de Aquiles Molinari, decide ayudarlo y resuelve el enigma sin pruebas materiales ni testigos. El detective sólo se guía por lo que el acusado narra. De esta manera, Parodi se presenta como un hombre superior al resto de los hombres, ya que,al igual que sus antecesores clásicos, resuelve un misterio que nadie ha podido resolver y además lo hace sin pruebas ni testimonios.

Otro de los rasgos del policial clásico presente en el cuento es el enigma del cuarto cerrado. En “Las noches de Goliadkin” podemos ver que todo sucede en el tren Panamericano, que realiza su viaje desde Bolivia a Buenos Aires sin paradas. Por lo tanto, el robo y el crimen se presentan en un lugar específico, donde ningún personaje puede entrar o salir.

También encontramos en el cuento algunas características del policial negro, por ejemplo, la figura de la femme fatale representada por la señora Puffendorf-Duvernois. Si bien ella logra seducir al acusado, su intención es la de ingresar en el camarote de Goliadkin para cometer el asesinato, el cual se ve frustrado cuando Montenegro ingresa a la habitación del joyero por segunda vez.

 

 

Publicado por primera vez en la revista Sur en mayo de 1942, fue luego incluido en la colección Ficciones, en 1944.

La muerte y la brújula

En este cuento hay una gran presencia de elementos característicos del policial argentino, el más notable es la presencia del comisario Treviranus. Si bien, anteriormente mencionamos que la figura del comisario reemplaza la del detective, en este cuento, ambas figuras conviven y trabajan en colaboración.

La figura del detective está representada por el personaje de Erik Lönnrot quien es visto por el narrador de la historia como un “razonador” al estilo de Auguste Dupin. A lo largo del relato podemos ver que efectivamente el detective intenta resolver el enigma por medio de un método inductivo-deductivo sirviéndose de la recolección de evidencia (libros y otros escritos de las víctimas) y una observación rigurosa y metódica.

En “La muerte y la brújula” Borges utiliza nuevamente el recurso de la inversión. En este caso, el procedimiento logra su esplendor cuando el detective no puede resolver el enigma de su propia muerte y en efecto, es asesinado por el mafioso Scharlach.

El enigma del cuento se construye rodeado de laberintos, libros y explicaciones intelectuales que reflexionan acerca del tiempo y del espacio. Podemos decir, de acuerdo con el escritor Ernesto Sábato, que en este cuento no se cometen asesinatos: se demuestra un teorema, y quizás en este punto reside la genialidad de Borges, en poder imponer dentro de un género sus propias estructuras.

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