EL VERDUGO POST

Henri Désiré Landru, el asesino de viudas

Henri nació en Paris, el 12 de abril de 1869 en un humilde hogar de la Île de la Cité, a la vuelta de la catedral de Notre Dame. Su padre, Julien Alexandre Flore Sylvain Landru era un modesto chofer en una fundición y su madre, Marie Antoinette Flore Henriquel, ejercía de costurera a domicilio. Los ingresos en la casa eran los justos y necesarios para que no faltase un plato de comida, no había lugar a gustos personales ni mucho menos a lujos. La carencia de francos no opacó al afecto. Henri fue un niño mimado por su madre y motivado desde muy pequeño a ser un destacado estudiante. Aunque los vericuetos del destino le impidieron completar sus estudios superiores, se lo consideraba una persona instruida y de “buenas costumbres”.

En 1893 Landru fue obligado se casarse con su prima hermana, Marie-Charlotte Rémy, luego de que esta quedara embarazada. La vida de Henri, como la de la mayoría de jóvenes de esa época, cambió drásticamente ya que tenía 4 hijos que alimentar. Hizo el esfuerzo de trabajar como cartógrafo, contador, vigilante de un garaje, administrativo y otros oficios, pero sin conseguir satisfacer las necesidades de esposa e hijos. La frustración, la ira y una necesidad intrínseca de ser alguien, empezaron a desviarlo del camino recto.

 

“Como la codicia es la raíz de todos los males, por lo que la pobreza es la peor de las trampas” – Daniel Defoe

 

Una codicia serial albergaba dentro del alma de Henri Désiré Landru. Su necesidad existencial de pertenecer a la clase alta de la Francia de principios de siglo XX, lo llevo a cometer sus primeros delitos y estafas menores. Perdido y sin destino, una tarde de 1909 recibe su “golpe de suerte”.  Lee en la prensa un anuncio de una dolorida viuda llamada madame Izoret, la cual ofrecía su patrimonio a cambio de “un varón honrado que le haga compañía”.

Landru, ya apodado “barba azul” por su larga barba negra, tupida y con extraños reflejos azules, decide responder a este necesitado llamado de cariño social. Era una época donde estaba mal visto que una mujer sola realice actividades sociales, vaya a la iglesia, salga de viaje. Se pretendía que una viuda se quedase en su casa por respeto a su difunto esposo, salvo que rehaga su vida junto a una compañía que le garantice bienestar y amor.

Henri se presentó rápido en la casa de madame Izoret, la encantó con dulces y elocuentes palabras, algunas promesas de amor, fascinantes operaciones bancarias de buen rédito y varios papeles que mostraban su inexistente solvencia. Todos los ahorros la viuda, más veinte mil francos, se mudaron al bolsillo de Landru.

La felicidad le duró poco tiempo. Madame Izoret, al ver que su patrimonio y hombre ejemplar habían desaparecido de la noche a la mañana, se dirigió a la comisaria con los papeles falsos que el gigolo francés le había entregado y rápidamente fue apresado.

Su falta de esquina criminal y una incontrolable ansiedad material lo terminaron alojando tras las rejas durante tres años. Dentro de este periodo cautivo fallece su madre, de la cual no pudo despedirse y tiempo después, agobiado por la vergüenza de tener un hijo delincuente, se suicida su padre ahorcándose de un árbol en el Bois de Boulogne.

Sin arrepentimiento, ni remordimiento.

 

En 1913, sale de la prisión conciente que no puede volver a caer. Cualquier mínima condena lo enviará a la colonia penal de Guayana. En vez de retomar una vida sacrificada pero honrada,  al lado de su esposa y cuatro hijos, decide perfeccionar su anterior plan. Solos dos cosas lo llevaron a la carcel. La primera fue utilizar su verdadera identidad. La segunda dejar que la victima tenga la chance de denunciarlo.

Fue una bendición para Landru que en 1914 estallara la Primera Guerra Mundial. El número de viudas aumentó y, con ello, las peticiones matrimoniales. Por eso decidió adelantarse a los acontecimientos y publicar su propio anuncio. Decía: “Viudo, dos hijos, cuarenta y tres años, solvente, afectuoso, serio y en ascenso social desea conocer a viuda con deseos matrimoniales”.

El comienzo de una doble vida

 

La primera fue Jeannette Cuchet, una mujer hermosa de 39 años, madre de un adolescente de 17 llamado André. Su patrimonio rondaba los 5.000 francos.
Para evitar cualquier sospecha por parte de su esposa legítima, Mary Reny, y sus tres hijos, alquiló un discreto apartamento en el barrio de Vernouillet. Allí se convirtió en Raymond Direl, una identidad ficticia que acompañó con un supuesto empleo como inspector de correos, perfecto para justificar sus ausencias y movimientos.
Con la misma estrategia de seducción que había empleado antes con Madame Izoret, comenzó a cortejar a la viuda Cuchet. Esta vez, sin embargo, actuó con mayor cautela. Cuando intuyó que Jeannette estaba por descubrirlo o denunciarlo, decidió eliminar el riesgo.
Hizo desaparecer a madre e hijo. Los asesinó, los descuartizó y luego incineró sus restos en la chimenea. Por supuesto, se apropió del dinero.
Con ese capital inicial y decenas de víctimas potenciales al acecho, alquiló una casona en Gambais, a cincuenta kilómetros de París. Aquel lugar se convirtió en el escenario perfecto para consumar su plan macabro.

Como buen psicópata, primero aislaba a la víctima de su entorno: amistades, familiares, vínculos. Luego tomaba el control de sus bienes y cuentas. El tercer paso era invitar a la viuda a pasar un fin de semana romántico en la flamante casa, una suerte de luna de miel anticipada antes de la propuesta matrimonial.
El cuarto acto era el más brutal: la asesinaba, la descuartizaba y hacía desaparecer su cuerpo entre las llamas de la chimenea. Finalmente, se adueñaba de sus pertenencias gracias a los documentos originales y poderes firmados por la víctima.
El dinero obtenido era utilizado en parte para financiar sus próximas estafas amorosas y en parte destinado a su propia familia, a la que visitaba ocasionalmente bajo la excusa de interminables “viajes de negocios”.

Bajo identidades falsas y en múltiples domicilios, la atroz rutina criminal de Henri Désiré Landru se prolongó durante cuatro largos años.

Pero toda farsa, por más calculada que sea, tiene su final. Fue arrestado en 1919, luego de que la hermana de una de sus víctimas comenzara a atar cabos y lo denunciara. Durante el juicio, celebrado en 1921, se le imputaron 11 asesinatos —diez mujeres y un adolescente— aunque nunca se encontraron los cuerpos. La única evidencia fueron las desapariciones, los documentos firmados y las cenizas halladas en las chimeneas de la casa de Gambais.

Landru jamás confesó. Hasta el último momento sostuvo su inocencia con una sonrisa cínica y mirada desafiante. Pero el veredicto fue implacable. Fue condenado a muerte.

El 25 de febrero de 1922, a las 6:05 de la mañana, Henri Désiré Landru fue ejecutado en la guillotina en la prisión de Versalles. Murió sin emitir una palabra, fiel a su juego de máscaras hasta el final.
Su leyenda negra perdura como la de uno de los criminales más fríos y calculadores de la historia criminal francesa. Un depredador disfrazado de galán. Un verdugo con modales refinados.

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