64 años de impunidad
Hay casos policiales que con el paso del tiempo se convierten en expedientes. Otros se transforman en estadísticas. Y algunos, muy pocos, permanecen como una pregunta incómoda que se resiste a desaparecer. El caso de Norma Penjerek pertenece a esta última clase. Porque más allá de los nombres, las hipótesis, los peritajes y los sospechosos, hay algo que permanece intacto desde aquella tarde de 1962: una joven de 16 años salió de su casa para asistir a una clase de inglés, debía regresar después de recorrer unas veinte cuadras y nunca llegó.
Era el 29 de mayo. La clase comenzó a las 19.10 y terminó a las 19.45, en la casa de su profesora, Perla Stazauer de Priellitansky, ubicada en Boyacá al 400, en Flores. Norma vivía con sus padres, Enrique Penjerek y Clara Breitman, en Juan Bautista Alberdi al 3200. A las 21, su madre comenzó a llamar a las amigas y compañeras de su hija. A medianoche, su padre realizó la denuncia policial. Norma vestía una pollera gris tableada, medias blancas y un blazer azul.
Lo que siguió fue una investigación que durante años ocupó las páginas de los diarios y despertó una enorme conmoción. La familia recibió pistas falsas y fue víctima de extorsiones. Diez días después de la desaparición publicó una solicitada con la fotografía de Norma y la frase “se busca”. Casi cincuenta días más tarde apareció un cadáver semienterrado en un campo de Llavallol. El primer examen forense planteó serias dudas sobre su identidad: se estimó que correspondía a una mujer de entre 25 y 30 años, de aproximadamente 1,65 metros y 60 kilos, mientras que Norma tenía 16 años y medía diez centímetros menos.

Después llegaron nuevos peritajes. El subcomisario Enrique Ducci encontró 18 puntos de coincidencia entre una huella del cadáver y la ficha de identidad de Norma. Hubo también un reconocimiento odontológico y la identificación de distintas prendas y objetos personales por parte de familiares. Finalmente, sus padres reconocieron el cuerpo y Norma fue sepultada en el Cementerio Israelita de La Tablada.
Pero la identificación no consiguió cerrar el verdadero interrogante. La segunda autopsia determinó que la muerte había sido producida con una sevillana y estableció que se trataba del cuerpo de una adolescente. Sin embargo, la fecha estimada de muerte permaneció situada alrededor del 6 de julio, con un margen de error de 48 horas. Norma había desaparecido el 29 de mayo. Entre una fecha y otra quedó un vacío que nadie pudo explicar. ¿Dónde estuvo Norma durante ese tiempo?
Quizá sea allí donde el caso deja de ser solamente un crimen sin resolver y comienza a convertirse en algo más profundo. Porque la Justicia necesita hechos, pruebas, testimonios y certezas. El problema aparece cuando la verdad de lo ocurrido y la verdad que puede demostrar un tribunal dejan de ser exactamente la misma cosa. Una persona puede haber sido asesinada; puede existir un cadáver; puede haber sospechosos y declaraciones. Pero si no existen pruebas suficientes para establecer quién fue responsable, la Justicia no puede condenar.
Eso fue lo que ocurrió con la investigación de Norma. Hubo acusados y detenidos. Una mujer señaló como responsable a Pedro Vecchio, comerciante y concejal de Florencio Varela. También fueron acusadas otras cuatro personas. La investigación pasó por las manos de ocho jueces hasta que, el 5 de abril de 1965, la Cámara del Crimen de la Capital Federal sobreseyó a Vecchio y a los demás acusados porque no habían podido probar las acusaciones. Nadie fue condenado.
Y aquí aparece una pregunta que excede este expediente: ¿qué hacemos con una verdad que sospechamos pero que no podemos demostrar?
Hannah Arendt, al reflexionar sobre el mal y sobre los mecanismos mediante los cuales los seres humanos pueden participar de hechos terribles, introdujo una expresión que se volvió célebre: la banalidad del mal. No hablaba de un mal espectacular ni necesariamente monstruoso, sino de la posibilidad de que lo terrible pueda desarrollarse dentro de estructuras ordinarias, mediante personas comunes y acciones que terminan siendo ejecutadas casi mecánicamente. El concepto no explica el crimen de Norma , y sería irresponsable utilizarlo para señalar culpables que nunca fueron condenados, pero sí nos obliga a pensar en algo inquietante: el mal no siempre aparece con el rostro que esperamos encontrar.
También está la cuestión de la Justicia. Desde Platón hasta nuestros días, filósofos y juristas se han preguntado qué significa realmente hacer justicia. ¿Es castigar al culpable? ¿Es reparar a la víctima? ¿Es establecer una verdad? ¿Es preservar el orden de una sociedad? Tal vez sea todas esas cosas al mismo tiempo. Pero el caso Penjerek plantea el límite más doloroso de ese ideal: ¿qué sucede cuando la Justicia no puede llegar hasta el responsable?

Porque el sobreseimiento puede cerrar una causa, pero no necesariamente cierra una historia. Un expediente puede ser archivado. Los jueces pueden dejar de intervenir. Los acusados pueden recuperar su libertad. Los diarios pueden dejar de hablar del asunto. Y, sin embargo, para una familia, la pregunta puede permanecer intacta durante toda la vida.
Enrique y Clara Penjerek murieron sin conocer la verdad sobre lo ocurrido con su hija. Décadas después, el caso continuó rodeado de hipótesis. Una de ellas vinculó el crimen con la captura de Adolf Eichmann en la Argentina y sostenía que Enrique Penjerek podría haber aportado información para localizarlo. Otra versión afirmaba que Norma podía quedarse a dormir en la casa de su profesora de inglés. Ninguna de estas teorías pudo ser demostrada. En 2012, incluso, un primo de Norma manifestó que todavía creía que aquel cadáver no pertenecía a ella.
Y ahí aparece otra dimensión del problema: el tiempo.
El tiempo no solamente aleja los hechos; también los deforma. Los testigos olvidan. Los recuerdos cambian. Los protagonistas mueren. Las pruebas desaparecen. Las versiones se multiplican. Lo que alguna vez fue una certeza puede convertirse en una sospecha, y lo que comenzó como un rumor puede sobrevivir durante décadas hasta adquirir, para algunos, apariencia de verdad.
Por eso hay algo profundamente trágico en los crímenes sin resolver. No solamente porque alguien haya perdido la vida y nadie haya respondido por ello, sino porque la ausencia de una respuesta permite que el misterio se convierta en una especie de segunda muerte. La primera es la de la víctima. La segunda puede ser la desaparición de la verdad.

Quizá por eso el caso de Norma Penjerek siga provocando interés tantos años después. No solamente queremos saber quién la mató. Queremos saber si existe realmente una verdad capaz de sobrevivir al tiempo. Queremos saber si la Justicia puede encontrarla cuando las pruebas ya no hablan. Queremos saber qué valor tiene una condena cuando llega tarde y qué significa la impunidad cuando ya no queda nadie para ser juzgado.
Y hay una pregunta todavía más incómoda. ¿Qué ocurre con nosotros cuando nos acostumbramos a los casos que quedan sin respuesta?
Porque una sociedad puede acostumbrarse a sus propios misterios. Puede convertirlos en historias, en libros, en documentales, en conversaciones de sobremesa. Puede recordar un nombre durante algunos años y después olvidarlo. Pero que un crimen deje de ocupar las primeras páginas no significa que haya dejado de existir.
Norma Penjerek tenía 16 años. Salió de una clase particular de inglés el 29 de mayo de 1962 y nunca regresó a su casa. Casi cincuenta días después apareció un cadáver que la Justicia consideró suyo. Hubo sospechosos, acusaciones, detenciones, peritajes y teorías. Hubo ocho jueces y años de investigación. Pero no hubo condenados.
Tal vez el verdadero significado de la palabra impunidad no esté solamente en que un culpable haya quedado libre. Tal vez esté en algo mucho más perturbador: en que una familia pueda pasar toda una vida preguntándose qué ocurrió y que, al final, la sociedad no tenga una respuesta que ofrecer.
Más de medio siglo después, el expediente puede pertenecer al pasado. La pregunta, no.
Porque mientras nadie pueda responder qué ocurrió realmente con Norma Penjerek, aquel 29 de mayo de 1962 seguirá siendo una herida abierta en la memoria criminal argentina.
Y quizá esa sea la razón por la que todavía hoy vale la pena volver a preguntar:
¿Quién mató a Norma Penjerek?
Por Jonathan Vilas
EL VERDUGO
La Cofradía del Crimen