EL VERDUGO POST

El Loco de la Ruta: Sangre sobre el asfalto de la noche marplatense

PRIMAVERA DEL ESPANTO

 

El Loco de la Ruta y las mujeres que nadie parecía estar buscando

Hay ciudades que construyen su identidad alrededor de aquello que muestran. Mar del Plata es una de ellas: el mar, los hoteles, las playas, las postales del verano. Pero toda ciudad tiene también aquello que prefiere no mirar. A finales de los años noventa, mientras la costa atlántica recibía turistas y la vida continuaba con aparente normalidad, en las zonas periféricas de Mar del Plata comenzó a aparecer otra realidad. Una realidad hecha de cuerpos abandonados, violencia y miedo.

Entre 1996 y 1999, al menos 14 mujeres fueron asesinadas en distintos sectores de la ciudad. Muchas eran trabajadoras sexuales y se encontraban en situaciones de vulnerabilidad. Los asesinatos presentaban elementos que alimentaron la sospecha de que podían estar relacionados: mujeres que eran raptadas, golpeadas brutalmente y asesinadas, en algunos casos con signos de violencia sexual y estrangulamiento. Sus cuerpos aparecían junto a rutas, en campos o en terrenos baldíos. La prensa comenzó a hablar de un posible asesino al que bautizó “El Loco de la Ruta”.

Pero detrás de ese nombre había una pregunta mucho más difícil: ¿quién estaba asesinando a esas mujeres y por qué durante tanto tiempo nadie pudo detenerlo?

Las víctimas no parecían haber sido elegidas al azar. Según el material de la investigación, muchas eran mujeres jóvenes, vulnerables y con escasas redes de contención. Algunas tenían antecedentes o causas policiales abiertas. Esa condición terminó convirtiéndose, de alguna manera, en parte del problema: sus vidas parecían tener menos capacidad para hacer ruido cuando desaparecían.

Y ahí aparece una de las cuestiones más oscuras de esta historia. ¿Existe una jerarquía del dolor?

No en la teoría. En la práctica.

Hay muertes que paralizan una ciudad, ocupan durante semanas los medios de comunicación y movilizan instituciones enteras. Y hay otras que parecen hundirse rápidamente en el silencio. No porque sean menos graves, sino porque pertenecen a vidas que ya estaban situadas en los márgenes.

Las mujeres asesinadas tenían nombres. Adriana. María. Claudia. Verónica. Gabriela. Laura. Antes de ser víctimas fueron personas con historias, vínculos, deseos y miedo. Sin embargo, muchas veces fueron reducidas a una categoría: prostitutas, pobres, mujeres “fáciles”. Una etiqueta puede ser una forma particularmente eficiente de deshumanización, porque permite mirar una tragedia y convencerse de que le ocurrió a alguien que estaba fuera de nuestro propio mundo.

Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal al analizar el caso de Adolf Eichmann. Su reflexión no sostenía que todo mal fuera banal ni que todos los criminales fueran simples funcionarios obedientes. Lo inquietante de su planteo estaba en otra parte: en la posibilidad de que actos terribles puedan desarrollarse dentro de estructuras ordinarias, mientras las personas dejan de pensar críticamente sobre aquello que están haciendo o permitiendo.

El caso del Loco de la Ruta permite formular una pregunta diferente, pero relacionada: ¿puede también existir una banalidad de la indiferencia?

No sabemos quiénes fueron responsables de cada uno de estos crímenes. Tampoco podemos afirmar, a partir de las sospechas mencionadas en este material, que haya existido una red criminal o una complicidad policial. Precisamente porque nunca se pudo establecer judicialmente, esas posibilidades deben permanecer en el terreno de las hipótesis.

Pero sí sabemos que alrededor de la investigación existieron sospechas de complicidad policial y encubrimiento. También se habló de mujeres que habían sido vistas por última vez subiendo a automóviles de alta gama, de fiestas privadas y de posibles vínculos con políticos, empresarios, policías y proxenetas. Esas versiones alimentaron durante años la idea de que detrás de los asesinatos podía existir algo más complejo que la acción de un único individuo.

Sin embargo, los nombres nunca llegaron a convertirse en responsables judicialmente establecidos.

La investigación quedó atrapada entre sospechosos, hipótesis y preguntas. Se identificaron numerosos individuos como posibles autores de los asesinatos, pero la causa no avanzó sobre una posible red ni logró demostrar la existencia de múltiples responsables. Años después, el fiscal Marcelo Blanco, ya retirado, sostuvo que la investigación había sido manipulada políticamente y habló de pruebas que desaparecieron y de pericias que nunca llegaron a realizarse.

Son afirmaciones graves. Y precisamente por eso deben ser tratadas como lo que son: señalamientos que forman parte de la historia del caso, pero que no permiten por sí solos establecer responsabilidades penales.

Tal vez ahí aparezca otro de los grandes problemas de la Justicia: la distancia entre aquello que una sociedad sospecha y aquello que un tribunal puede demostrar.

Podemos sospechar. Podemos indignarnos. Podemos construir teorías. Podemos incluso estar convencidos de que detrás de determinados hechos existe una explicación que todavía no conocemos. Pero la Justicia necesita algo más. Necesita pruebas capaces de resistir el escrutinio, porque condenar a una persona sin pruebas suficientes también significa destruir el principio que pretende proteger.

El problema aparece cuando, del otro lado, la ausencia de una condena comienza a confundirse con la ausencia de un crimen.

Y eso es particularmente peligroso cuando las víctimas pertenecen a los márgenes.

Porque quizás una de las preguntas más incómodas que deja esta historia no sea solamente quién mató a esas mujeres, sino cuánto tardó la sociedad en comprender que sus muertes constituían algo que debía ser investigado como un fenómeno común.

La repetición puede ser una señal. Pero también puede convertirse en costumbre.

Un cuerpo aparece. Después otro. Después otro. Los diarios escriben. La policía investiga. La ciudad continúa. Y mientras la vida cotidiana sigue funcionando, el horror puede empezar a perder su capacidad de conmocionar.

Eso también es una forma de violencia.

No necesariamente la violencia ejercida por quien mata, sino la que aparece cuando una sociedad comienza a considerar que determinadas víctimas son menos importantes que otras.

Por eso el caso del Loco de la Ruta no puede reducirse solamente al misterio de un asesino sin rostro. También habla de una sociedad que, durante años, tuvo que decidir —consciente o inconscientemente— cuánto valor otorgaba a la vida de aquellas mujeres.

Y quizás allí esté la pregunta que más debería incomodarnos.

¿A quién lloramos cuando alguien muere?

Porque llorar a una víctima también es reconocer que su vida tenía valor antes de convertirse en noticia. Significa admitir que su historia no comenzó el día en que apareció asesinada y que su existencia no puede reducirse al modo en que murió.

Más de dos décadas después de aquellos crímenes, el caso continúa rodeado de interrogantes, sospechas y ausencia de culpables claros. Quedan expedientes, testimonios, hipótesis y una memoria que se ha ido desgastando con el paso de los años.

Y quizá el tiempo produzca algo especialmente peligroso: no solamente puede borrar las pruebas, sino también acostumbrarnos a no tener respuestas.

Mar del Plata continúa siendo una ciudad de verano, de turistas y de postales. Pero también conserva otra memoria, mucho menos cómoda: la de aquellas mujeres que aparecieron muertas en sus márgenes y cuyos asesinatos quedaron asociados para siempre a un nombre que nunca llegó a revelar quién estaba realmente detrás.

El Loco de la Ruta.

Un nombre.

Un fantasma.

Una investigación.

Y, detrás de todo eso, mujeres reales cuyos nombres corren el riesgo de ser olvidados.

Tal vez por eso recordarlas sea también una forma de justicia.

Porque cuando una sociedad deja de pensar a sus víctimas, el crimen consigue algo más que matar.

Consigue que, con el tiempo, dejemos de preguntarnos por ellas.

Contactanos para más información

VALORA ESTE POST

VALORACIÓNES DE ESTE POST

0,0
0,0 de 5 estrellas (basado en 0 reseñas)
Excelente0%
Muy buena0%
Media0%
Mala0%
Muy mala0%

No hay reseñas todavía. Sé el primero en escribir una.

El Verdugo
Tus compras
Scroll al inicio