Por Elías Vértov
En el mundo del crimen, las palabras también son armas.
Un juramento puede condenar.
Un testimonio puede mentir.
Una confesión puede redimir.
Y una carta anónima puede desatar una cacería.
Pero ¿qué es, en el fondo, el lenguaje?
Ese fuego invisible que usamos para contar historias —y también para encubrirlas— es el mismo que dio origen a la poesía.
Porque antes de que existiera la ley, existió el verso.
Y mucho antes de los expedientes, alguien escribió un poema para llorar una muerte o invocar justicia.
Hoy, en medio de notas que hablan de estafas, homicidios y desapariciones, abrimos este espacio para recordar que el lenguaje no es sólo una herramienta jurídica o policial.
Es un espejo. Un conjuro.
Un modo de nombrar lo innombrable.
El poeta encierra el dolor en palabras.
El criminal, a veces, lo esconde en silencios.
Y es que no hay violencia sin lenguaje previo.
Antes de apretar un gatillo, alguien fue humillado. O callado.
El crimen también nace en la palabra.
Por eso, leer poesía en un diario policial no es una contradicción.
Es un intento de comprender la raíz profunda de lo humano,
ese lugar donde el amor y el odio comparten territorio.
Porque a fin de cuentas, todo gran crimen es también una tragedia.
Y toda tragedia, un poema que nadie quiso escribir.