EL VERDUGO POST

El carnicero de Rostov: Hambre de carne

Nadie nace monstruo, dicen. Pero en el caso de Andrei Chikatilo, parece que la monstruosidad fue sembrada con el hambre. Nació en 1936, en una aldea ucraniana devastada por la hambruna del régimen soviético. Su hermano, según los rumores, fue secuestrado y devorado por vecinos. Desde niño supo que el mundo era un lugar que devoraba sin piedad.

Tenía una mirada hundida, una voz temblorosa, y una impotencia sexual que lo atormentaba como una bestia invisible. Era torpe con las mujeres, y eso lo llenaba de rabia. Cuando finalmente descubrió que podía excitarse con la sangre, con el grito, con la agonía… el mundo se le abrió como una herida.

Yelena Zakatnova, de 9 años, fue la primea víctima del carnicero de Rostov

En 1978, cometió su primer asesinato: una niña de nueve años. La violó con violencia y la apuñaló hasta desgarrarla. A partir de ahí, no pudo detenerse. Fue despedido de su empleo, pero consiguió otro. Y otro. Siempre rodeado de víctimas fáciles: estudiantes, niños, jóvenes campesinos. El sistema soviético, rígido y lento, no lograba ver el patrón. No quería verlo. ¿Un asesino serial en la patria del proletariado? Imposible.

Chikatilo desarrolló un ritual. Llevaba a las víctimas a bosques, estaciones abandonadas o campos solitarios. Las desnudaba. Las golpeaba. Las apuñalaba más de veinte veces, en ocasiones más de cincuenta. Les sacaba los ojos, porque creía que la retina guardaba la última imagen del asesino. Mutilaba los genitales. Se masturbaba sobre los cadáveres. Algunas veces comía trozos del cuerpo. Dijo, más tarde, que era “como calmar una sed inhumana”.

Algunas de las víctimas de Andrei

Entre 1978 y 1990 asesinó a 52 personas. Aunque él confesó más. Niños, niñas, adolescentes. Algunos jamás fueron identificados. Las madres seguían buscando en los campos sin nombre, con la esperanza inútil de que el rostro desgarrado no fuera el de su hijo.

Fue detenido por primera vez en 1984, pero liberado por falta de pruebas. Los forenses se negaban a aceptar que un hombre con disfunción sexual pudiera cometer tales crímenes. Esa negación permitió más muertes. El monstruo siguió cazando.

Finalmente, en 1990, una vigilancia encubierta lo atrapó mientras merodeaba una estación de tren buscando a su próxima víctima. Confesó con una calma escalofriante. Dijo que mataba porque tenía que hacerlo. Porque si no, se destruía a sí mismo.

El juicio fue un espectáculo dantesco. Lo enjaularon como a un animal. Escupía, gritaba, insultaba. Parecía fuera de sí, pero comprendía cada palabra. Fue declarado culpable y condenado a muerte.

El 14 de febrero de 1994, recibió un tiro en la nuca en una prisión rusa. Murió sin redención. Sin perdón. Como un perro rabioso que por años caminó entre los vivos.

Hoy, su historia es una cicatriz en la memoria de la antigua Unión Soviética. Un recordatorio brutal de que la bestia no siempre nace, a veces se cultiva. Y cuando florece, lo hace con sangre, ojos arrancados y un hambre que no era de pan.

Contactanos para más información

VALORA ESTE POST

VALORACIÓNES DE ESTE POST

0,0
0,0 de 5 estrellas (basado en 0 reseñas)
Excelente0%
Muy buena0%
Media0%
Mala0%
Muy mala0%

No hay reseñas todavía. Sé el primero en escribir una.

El Verdugo
Tus compras
Scroll al inicio