Arsénico por compasión o Arsénico y encaje antiguo (Arsenic and Old Lace), la pieza de Joseph Kesselring estrenada el 10 de enero de 1941 en el teatro Fulton de Broadway, tenía como protagonistas a dos viejas hermanas, las Brewster, que envenenaban a sus inquilinos desvalidos ofreciéndoles vino con arsénico. La obra fue llevada al cine en 1944, dirigida por Frank Capra. Cary Grant representaba al sobrino de las hermanas, que descubría “la debilidad” que tenían sus tías.

Lydia Sherman y el veneno en familia
En la vida real, la reina del veneno en ese país fue Lydia Sherman, originaria de Nueva Jersey. Sherman nació como Lydia Danbury en Nueva Jersey en 1824 y quedó huérfana cuando era un bebé. Su tío la crió y cuando tenía 16 años empezó a trabajar como modista. A los 17 años conoció a su primer marido, Edward Struck, en una iglesia metodista a la que asistían ambos, y pronto se casaron. Viudo y con dos hijos, Struck trabajaba como oficial de policía en el suburbio de Yorkville en la ciudad de Nueva York.
En siete años, Lydia y él tuvieron seis hijos. Sin embargo, la vida en la familia Struck comenzó a decaer cuando Edward perdió su trabajo, cayó en una depresión grave y no pudo encontrar otra ocupación. En lugar de enviarlo a una institución de salud mental, Lydia envenenó a Struck. En varias semanas, también mató a sus tres hijos menores.
Durante los siguientes meses, mientras trabajaba como enfermera, sus otros tres hijos se enfermaron y murieron rápidamente. De alguna manera, sus crímenes pasaron desapercibidos y Lydia, ni lerda ni perezosa, se mudó a Connecticut.
En Connecticut se casó con Dennis Hurlburt, un hombre mucho mayor que ella. Después del matrimonio, Hurlburt modificó su testamento y le dejó todo a su nueva esposa, y poco después, el anciano enfermó, mejor dicho, fue envenenado por su flamante esposa. En 1871 su tercer marido, Horatio N. Sherman, tuvo el mismo fin; Lydia, precavida, ya había liquidado a los dos hijos de Sherman, Ada y Frankie.
Las reconstrucciones históricas le atribuyen la muerte de varios miembros de su familia, aunque difieren sobre el número total de víctimas. Fue juzgada en 1872 por la muerte de Horatio y recibió una condena a prisión perpetua en enero de 1873. Murió de cáncer en 1878, a los 53 años, mientras cumplía esa pena.

Dorothea Puente y los huéspedes desaparecidos
Como en “Arsénico por compasión”, la encantadora Dorothea Puente (cuyo nombre de soltera era Dorothea Helen Gray), nacida en California, recibía ancianos y personas desamparadas en su casa de Sacramento. Los nueve homicidios por los que fue llevada a juicio correspondían al período comprendido entre 1982 y 1988. Tenía 59 años cuando se descubrieron los cuerpos enterrados en su propiedad.
No había tenido una vida apacible, la pobre Dorothea. Se casó a los 16 años con un soldado, Fred McFaul. Tuvieron dos hijas: una quedó al cuidado de parientes y la otra fue dada en adopción. El matrimonio terminó en 1948. Ese mismo año fue condenada por falsificación de cheques y pasó varios meses en la cárcel.
Su siguiente relación fue tan duradera como conflictiva. Se casó con el sueco Axel Johansson en 1952 y estuvieron juntos durante catorce años, entre discusiones y separaciones. En ese período ella fue presa por un delito relacionado con la prostitución. Cumplió noventa días de cárcel. Además se separó del sueco, es decir, oficialmente, en 1966. Atendía y cuidaba a discapacitados y ancianos y tuvo la idea de alquilar una casa para ocuparse de ellos en todos los aspectos, es decir, comenzó también a gestionarles sus pensiones.
En 1968 se casó con Roberto Puente, un mexicano más joven que ella. El matrimonio duró poco. La separación le dejó a Dorothea el apellido del mexicano, del cual no quiso desprenderse. En 1976 se casó con Pedro Montalvo y ese mismo año volvieron a separarse. En cambio, con su albergue para ancianos las cosas iban de maravilla. Aparentemente le preocupaban dos cosas: su jardín y ayudar a “sus” desvalidos. Cobraba precios bajos por alquilar una habitación y los servicios sociales le mandaban a gente con problemas familiares. Algunos huéspedes, sin embargo, desaparecían.
Una trabajadora social, Judy Moise, avisó a la Policía por la desaparición de Álvaro “Bert” Montoya, un hombre con problemas de salud mental que había vivido en la casa. Las explicaciones contradictorias de Dorothea despertaron sus sospechas. El 11 de noviembre de 1988, los investigadores fueron a la propiedad y, con permiso de Puente, comenzaron a cavar en el jardín. Descubrieron un cadáver: se trataba de una de las inquilinas de la casa, Leona Carpenter, de 78 años. Las excavaciones continuaron y fueron descubiertos otros seis cuerpos: siete en total.
La acusación sostuvo que Dorothea drogaba a sus huéspedes para matarlos y quedarse con los cheques de la seguridad social. Fue juzgada por nueve homicidios y, en 1993, condenada por tres; el jurado no alcanzó un veredicto sobre los otros seis. Le dieron perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Murió por causas naturales el 27 de marzo de 2011, a los 82 años.

Luis Castruccio y el seguro de vida
En la Argentina, uno de los primeros casos de envenenamiento que alcanzaron gran repercusión periodística fue el de un italiano llamado Luis Castruccio. Las reconstrucciones del crimen difieren en algunos detalles: unas mencionan arsénico y otras, estricnina, además del uso de cloroformo. Ocurrió a fines de la década de 1880. El plan era hacerse beneficiario de un seguro de vida. Se aprovechó de la necesidad de un joven francés recientemente llegado a Buenos Aires, Bouchon Constantin, cuyo nombre aparece con variantes en las crónicas del caso. Este colocó un aviso en La Prensa ofreciéndose como mucamo. Un chico se presentó donde estaba el francés y le informó que su patrón quería contratarlo.
Ese patrón era Luis Castruccio, que había llegado a Buenos Aires en 1878. Luis había sobrevivido como obrero y mucamo en un par de casas, pero estaba harto de vivir de migajas y pensó en sacar provecho de un desprevenido. La casa en la cual le ofrecía servir a Bouchon Constantin era modesta y pequeña, en la calle Alsina al 1200. Semanas después, Castruccio le pidió que firmara unos formularios para tomar un seguro de vida por diez mil pesos y se hizo beneficiario haciéndose pasar por cuñado del francés. Mientras, lo iba envenenando.
Castruccio fue condenado a muerte, pero un indulto del presidente Miguel Juárez Celman evitó su fusilamiento en la vieja Penitenciaría de la calle Las Heras. Las crónicas difieren sobre la fecha precisa y las circunstancias en que se comunicó esa decisión. Terminó internado en el Hospicio de las Mercedes. El caso se desarrolla en el libro “Crímenes sorprendentes de la historia argentina”, de Ricardo Canaletti, publicado por Sudamericana.

Yiya Murano y las deudas
Uno de los casos argentinos más clamorosos fue el de María de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, alias “Yiya”. Fue conocida como “la envenenadora de Monserrat”, el barrio de Buenos Aires donde vivía. Ella no usó arsénico sino cianuro. En 1979 asesinó a Carmen Zulema del Giorgio de Venturini, su prima, y a sus amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala. El té y las masitas quedaron asociados al caso. Una de las versiones sostiene que habría utilizado una jeringa para introducir el veneno en las masitas con las que agasajaba a sus víctimas, pero ese detalle no debe confundirse con un hecho judicialmente comprobado.
¿Por qué? A las tres las había engañado prometiéndoles grandes ganancias por medio de maniobras financieras. Así fue como sus víctimas le confiaron sus ahorros. Los plazos se iban cumpliendo y ni Venturini ni Gamba ni Ayala vieron el dinero prometido. “Yiya” las mató entre febrero y marzo de 1979. Fue detenida el 27 de abril de ese año y condenada a prisión perpetua en 1985.
El homicidio insidioso
La ley argentina prevé la máxima pena para el que mate con veneno u otro procedimiento insidioso. El artículo 80, inciso 2, del Código Penal establece reclusión perpetua o prisión perpetua. ¿Por qué el uso insidioso del veneno agrava el homicidio? La clave está en la frase “procedimiento insidioso”. Insidia es acechanza, o sea engaño o artificio para hacer daño a otro. Es mejor, entonces, hablar de homicidio insidioso.
Este delito se caracteriza porque la agresión se oculta: la víctima no advierte el carácter dañino del medio empleado. Así, los procedimientos insidiosos se distinguen porque, por lo común, dificultan o impiden la defensa. Hay teóricos que dicen que la alevosía contiene a la insidia. Alevosía es actuar sobre seguro, buscando aprovechar que la víctima esté desprevenida o indefensa. Una de sus formas es la prodición: matar “a traición y sobre seguro”, como el que oculta sus intenciones simulando amistad. Desde esa interpretación, la alevosía funciona como una agravante “madre”. Se trata de una posición doctrinaria: el Código menciona por separado la alevosía y el veneno u otro procedimiento insidioso.
Qué se entiende por veneno
Una cuestión muy discutida ha sido qué debe entenderse por “veneno”. Para unos, es la sustancia que actúa químicamente sobre el organismo. Para otros, la discusión jurídica debe atender también a la forma solapada de causar el daño. En ese debate se han considerado sustancias de acción mecánica, como el vidrio molido, que no son venenos en sentido toxicológico y cuyo eventual empleo debe analizarse como otro procedimiento insidioso. La cuestión, entonces, no se resuelve sólo con una clasificación química: también importan el modo de administración y las circunstancias del hecho.

Un caso que llevó esa discusión al terreno de los medicamentos fue el del abogado y bon vivant danés Claus von Bülow. A comienzos de los años ochenta fue acusado de intentar matar a su mujer, la estadounidense Martha “Sunny” Crawford, heredera de una gran fortuna, mediante inyecciones de insulina. La insulina es una hormona y un medicamento; administrada de manera inadecuada puede provocar una hipoglucemia grave, es decir, un descenso del azúcar en sangre capaz de causar daño cerebral y muerte. Esa era la hipótesis de la acusación, no un hecho que quedara establecido por una condena firme.
“Sunny” sufrió una lesión cerebral en 1980 y permaneció en estado vegetativo persistente durante casi veintiocho años, hasta su muerte el 6 de diciembre de 2008. Von Bülow fue enjuiciado dos veces. La primera vez, en 1982, fue condenado a treinta años de cárcel por tentativa de homicidio. Pero la Corte Suprema de Rhode Island anuló la condena en 1984 y, en un segundo juicio, ya en 1985, von Bülow fue absuelto. No se acreditó más allá de toda duda razonable que hubiera intentado matar a su mujer mediante inyecciones de insulina.
El verdugo