Por Cappiello, E.
Un recorrido por dos novelas policiales argentinas que entrecruzan el enigma criminal, las devociones populares y la realidad social.
En la narrativa policial clásica, las historias giran alrededor de un enigma en el que el detective debe aplicar la lógica y la recolección de indicios para su resolución. Sin embargo, en el mapa del noir argentino contemporáneo, la investigación y la deducción detectivesca quedan insuficientes cuando el delito ocurre en los márgenes de la Ciudad. En la saga conformada por las novelas Sacrificio (2010) y Santería (2014), Leonardo Oyola quiebra las certezas del género al hacer colisionar la trama delictiva y el terror sobrenatural.
En este universo, el escenario de la investigación no es un despacho privado ni un laboratorio forense. Como señala la crítica Lucía Feuillet (2022), la superposición del policial y el terror en Oyola no responde a un mero artificio de estilo, sino a una estrategia para visibilizar los antagonismos sociales y las desigualdades impuestas por el sistema económico.
La detective mística
En las dos novelas de Leonardo Oyola, en lugar de un investigador tradicional guiado por las instituciones estatales o el capital privado, el acceso a la verdad se modula desde la conciencia de Fátima Sánchez, la “Víbora Blanca”: una vidente que descifra señales para poder sobrevivir a su propia muerte.
Sánchez encarna la figura del investigador desplazado hacia las orillas. Posee la capacidad perceptiva del detective, pero exacerbada por la comunicación con el plano espiritual, los muertos y el santoral popular (encarnado en devociones como el Gauchito Gil). La relación de la Víbora Blanca con lo sagrado está despojada de inocencia o solemnidad; es una práctica fronteriza, atravesada por la supervivencia:
“Yo tengo fe. Tengo poder. Y estoy armada. Por eso la gente viene a consultarme. Por eso me pagan. Porque no cualquiera habla con el Gaucho. No cualquiera habla con Dios. Y sobre todo porque no alcanza con rezarles” (Oyola, 2014, p. 19).
Al cobrar por la mediación espiritual, Fátima transgrede la ética comunitaria del don religioso. Esta amoralidad la posiciona como un sujeto ambiguo que habita entre dos mundos: la dura realidad de la pobreza —habiendo sido abandonada en un basurero del cinturón ecológico y criada por Ña Chiquita— y el territorio místico donde dialoga con las entidades del más allá. Su método de indagación no requiere lupas ni reactivos químicos, sino reconstruir el futuro y los crímenes de su antagonista mediante presagios, visiones y la lectura de cartas.
Su investigación no se desenvuelve en el aislamiento característico del hard-boiled tradicional, sino sostenida por una comunidad mínima de lealtades de hierro: la escoltan dos jóvenes del barrio —su sobrino Danielín y su incondicional amigo el Emoushon—, quienes le hacen de guardaespaldas y la acompañan en el rastreo de pistas por la geografía convulsa del conurbano.
A este séquito territorial se le suma un contrapunto clave con la ley formal: la alianza con un oficial de policía, Aguirre, quien la crió y cuidó como a su propia hija. Este vínculo filial y subterráneo desarmoniza la figura clásica de la institución policial corrupta o antagónica: la fuerza pública no opera aquí desde el aparato represivo del Estado, sino desde el afecto paternal y la complicidad de quienes conocen la calle.
El terror como espejo de la violencia social

El elemento terrorífico en las novelas de Oyola no irrumpe como una amenaza fantasmagórica exótica o lejana, sino encarnado en lo que Feuillet (2022) —tomando el concepto acuñado por Stephen King (2006)— denomina “puntos de presión fóbica”: miedos colectivos profundamente anclados en traumatismos políticos, económicos y sociales.
En el centro del conflicto se ubica la antagonista de la saga: Lucía Fernández, alias la “Marabunta”, una exprostituta VIP que ha construido un imperio de poder económico y delictivo al amparo de sectores políticos, militares y corporativos corruptos. En las novelas, la Marabunta utiliza pactos oscuros y amarres espirituales para someter a sus enemigos. Sin embargo, el verdadero horror sobrenatural encuentra su equivalente terrenal en la amenaza constante del desalojo de los habitantes de Puerto Apache a manos de la
topadora, con el fin de avanzar sobre las tierras para la construcción de un megaproyecto inmobiliario de lujo. Lo demoníaco en Oyola opera así como una
alegoría directa de la voracidad inmobiliaria y la violencia de clase.
Complot y contracomplot: La fe popular como trinchera
En Santería (2014), ante la alianza implacable del poder político y las fuerzas oscuras, los sectores marginados no pueden acudir a la justicia formal. Fátima inicia su resistencia al negarse a realizar un “amarre” místico encargado por la Marabunta, marcando un límite ético infranqueable frente a la dominación.
A partir de esa negativa, la Víbora Blanca teje un “contracomplot” subterráneo junto a su clan familiar y comunal. Esta alianza articula lo terrenal con lo mítico. En Sacrificio, la dimensión mágica se tiñe de una ácida ironía política cuando el relato revela que una de las puertas del infierno se encuentra en una estación de trenes abandonada tras las privatizaciones ferroviarias de la década del noventa, provocando la réplica del expolicía Aguirre:
“—No me digás nada: la otra puerta está en Anillaco, ¿no?” (Oyola, 2010, p. 77).
La santería y las devociones populares operan en Oyola no como superstición pintoresca, sino como el último refugio simbólico y la herramienta de defensa de los oprimidos. A través de rituales, sacrificios y la invocación de santos paganos, los desplazados entablan una batalla desigual pero feroz contra un sistema que busca su erradicación.
El gesto subversivo del noir periférico
Leonardo Oyola ha renovado la narrativa policial hispanoamericana al descentrar sus escenarios habituales y despojarla del positivismo clásico. Al cruzar las claves del enigma criminal con la mitología popular y el terror, Santería y Sacrificio demuestran que las verdaderas pesadillas no provienen del más allá, sino de los engranajes impunes de la desigualdad. En el conurbano de Oyola, los muertos y las devociones populares no descansan: conspiran para que los derrotados puedan, al menos, disputarle el futuro a sus verdugos.
Referencias bibliográficas
Feuillet, L. (2022). Brujas, exorcistas y posesas. Terror, policial y complot en Leonardo Oyola y Nicolás Correa. Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica, 13(25), 78-95. https://doi.org/10.25025/perifrasis202213.25.05
Oyola, L. (2010). Sacrificio.
Oyola, L. (2014). Santería.