Por Cappiello, E.
A través de la subversión de las convenciones del relato de enigma y del policial negro, el cuento expone cómo la investigación judicial colapsa cuando la violencia institucional se cruza con lo sobrenatural.
El relato policial se constituye históricamente sobre la premisa de la restitución del orden a través de la razón. Ya sea mediante el método inductivo-deductivo del detective en el policial de enigma, o mediante la inmersión del investigador en el medio corrupto del policial negro, la investigación judicial opera como el motor que busca esclarecer el delito y desentrañar la verdad. Sin embargo, en “Bajo el agua negra” (2016), Mariana Enríquez utiliza las herramientas formales del género para ejecutar una quiebra de sus principios rectores: la investigación no conduce a la justicia ni a la resolución del caso, sino a la asimilación del espanto.
El relato adopta la estructura inicial de una pesquisa judicial. La fiscal Marina Pinat ingresa a la villa de emergencia costera al Riachuelo con el objetivo de investigar la muerte de dos jóvenes obligados por la policía a arrojarse al agua contaminada. A partir de este disparador, Enríquez entrama la denuncia de la violencia institucional con la irrupción del horror, exponiendo la inoperancia de las instituciones frente a un mal que excede las categorías del derecho.
La fiscal como figura de la investigación: de la deducción al colapso
A diferencia del investigador del policial clásico —quien observa los hechos a distancia y considera el crimen como un problema abstracto—, la fiscal Marina Pinat se aproxima a la figura del investigador del policial negro: es un

a profesional que debe lidiar con la corrupción estatal, los vicios del sistema y la hostilidad del territorio. No obstante, mientras el detective duro de la tradición anglosajona mantiene una posición incorruptible o un código moral frente al entorno, la fiscal sufre una degradación paulatina de su capacidad analítica.
En su recorrido por la villa, Marina intenta aplicar la lógica del procedimiento judicial: busca testigos, exige respuestas al cura del barrio e intenta reconstruir la escena del crimen. La respuesta que obtiene, sin embargo, invalida la lógica del expediente. La investigación policial se revela inútil porque el delito original —el abuso de poder y el asesinato a manos de la policía— ha activado una fuerza primordial que la ley es incapaz de juzgar o nombrar.
El espacio del crimen: del bar al territorio clausurado

En la tradición del policial argentino, el espacio urbano o el bar han funcionado como escenarios de encuentro, relato y reconstrucción de la verdad. En “Bajo el agua negra”, la geografía de la periferia se transforma en un espacio claustrofóbico e inaccesible para el poder judicial. La villa bordeada por el Riachuelo no es el escenario donde la impunidad se consagra, sino el territorio donde la violencia policial encuentra su venganza; es una zona de frontera donde las leyes del Estado colapsan ante la irrupción de una justicia ancestral.
La subversión del género: cuando el abismo dicta sentencia
El desenlace de “Bajo el agua negra” consuma la inversión completa de las leyes del relato de enigma. No hay descubrimiento del culpable, no hay castigo ni restablecimiento del orden social. La investigación judicial naufraga cuando la fiscal comprende que la comunidad no busca una respuesta en los tribunales, sino la retribución de la entidad sobrenatural que las fábricas intentaron sepultar bajo sus desechos: una venganza compartida entre una fuerza monstruosa y un territorio históricamente avasallado por el Estado.
Asimismo, Enríquez ejecuta una reapropiación del weird fiction lovecraftiano. Si en la tradición anglosajona la monstruosidad cósmica representa una amenaza externa a la civilización, en el Conurbano bonaerense la entidad del Riachuelo es la consecuencia directa del abandono y la contaminación industrial. El horror en Enríquez no llega de las estrellas, sino de las profundidades de la podredumbre producida por el propio sistema.
En conclusión, cuando el género policial se traslada a los márgenes bonaerenses, la investigación rutinaria choca contra la violencia estructural. Al cruzar el procedimiento judicial con el horror, Enríquez demuestra que frente a crímenes tan arraigados en la historia de exclusión y violencia estatal, el método deductivo queda obsoleto, dejando a la justicia humana reducida a un mero trámite administrativo al borde del abismo.